De interes

Leer es leer, no importa el soporte. La fuerza de la lectura está en tí, en tu interés por lo que lees.Si lees Vanidades hablarás de moda, chismes de farándula o recetas de cocina, pero si lees a Sartre, a Carl Sagan o a García Márquez, tus conversaciones irán más allá de lo trivial

jueves, 1 de noviembre de 2012

La lectura en "los días azules"

La lectura en Los días azules (Femando Vallejo)

La novela le fue un género negado a Antioquia. Eramos demasiado nosotros mismos para mentimos en ficciones. De paso nuestra realidad tenía una luminosidad meridiana, que excluía toda atmósfera. El rojo era rojo rojo, y el blanco era blanco blanco y basta. ¿Qué atmósfera puede haber donde oscurece, llueva que truene, por la incontable eternidad a las seis de la tarde? Sin invierno, sin otoño, sin verano, sin ciclones, sin marejadas, en un limbo de deslavadas montañas donde la gentil cimitarra es un vulgar machete... ¡Claro que no puede haber novela en Antioquia! Y la mejor prueba es que no la hay.


Por eso el intento de mi vecina Magda estaba condenado al fracaso. La edición entera de "El Embrujo del Micrófono" se le quedó arrumbada en un cuarto. Ni para encender la chimenea servía pues en Antioquia no hay chimenea pues no hace frío pues no hay invierno. No puede entrar uno tiritando a un chalet de los Alpes, donde al hogar del fuego se calienta el asesino, mientras nieva afuera. De "El Embrujo del Micrófono" leí unas cuantas páginas antes de mandarlo, ajeno yo a toda caridad cristiana, al bote de la basura. Una sola imagen me queda en la memoria de esa imposible novela: hablaba Magda de paredes de tapia blancas, encaladas, cuarteadas: las de mi casa, vaya, de la que estaba harto. Yo sólo quería oír hablar de mares embravecidos, de islas con pakneras, de kris malayos. No me cabía en el alma otro amor que el de la hija del gobernador de Palauán.

Con Magda Moreno no crucé una sola palabra en mi vida, y conste que vivimos frente a frente, con la mera calle de l05 por medio, por muchos años. Era su pobre hermana Libia la que nos insultaba. En el colmo de la desesperación y de la impotencia para alcanzamos nos llamaba tuberculosos, insulto que sí llegaba, pero para rebotar contra coraza de una gran risa. Magda no; la mínima sensatez tenía, así escribiera novelas, como para no pelearse con niños. Nunca nos hizo caso. Cuando llegó Isabel, supe por ésta que Magda tenía en gran estima un libro de Daphne Du Maurier: "Rebeca", que me apresuré a leer. "Anoche soñé con Manderley" empieza. Yo también he soñado con Santa Anita, a la que jamás me será dado volver. Claro que "Rebeca" tiene una innegable atmósfera: la que nos fue negada a nosotros. Basta hacer romper el mar contra un acantilado de Escocia para ponerlo a usted a soñar, Medellín no da para tanto. Si uno se duerme sus infinitos ladrones le roban los sueños.

Medellín no tenía biblioteca. Una organización internacional caritativa le regaló una que se llamó Biblioteca Piloto, por ser un proyecto guía para sacar a nuestra hispánica América del atraso. En un comienzo el nombre me sonaba mal, como tirado por los pelos, pero el ser humano se acostumbra a todo, hasta a una biblioteca con cachucha de capitán. La instalaron en una casona de la avenida Las Playas, y mi tierra novelera se volcó a leer. Cuadras y cuadras y cuadras de lectores haciendo cola para poder entrar. Al nuevo animal, sin embargo, la cola se le fue reduciendo con el correr de los días, y quien en un principio tenía que esperar dos horas antes de lograr entrar, luego esperó una, luego media, y luego nada: el pueblo inculto y perezoso desertó, gracias a Dios, con su mugre, y yo pude seguir entrando a la biblioteca y saliendo cuando me venía en gana, como Pedro por su casa. En la fachada de la Biblioteca Piloto no habla un distintivo ni un letrero, pero bien le hubieran podido inscribir por emblema, como a la de Ramsés el Grande según la descripción de Diodoro Siculo, "Remedios del alma". Santo templo de la evasión que ha sido uno de mis contados amores. Entraba a mi Biblioteca Piloto con el alma trémula, cómo seminarista de visita a un burdel. Me dirigía a un estante, pero antes de tomar el primer libro le acariciaba el lomo, como si fuera un gato. Mi amor enfermizo adoraba los libros no sólo por lo que decían sino por la materia de que eran, por el objeto en sí. Era un amor absoluto por los dos costados de la carne y el espíritu, como quien dice la total perdición.


1952




2012

Cuantos libros propios tuve jamás permití que nadie les pusiera un dedo encima, Intocados, intocables, eran mis amantes oficiales. Los de la biblioteca los tomaba con un amor pasajero, como amantes de ocasión. Con eso de que iban de mano en mano... Cuando compraba un libro en la librería corría a casa temeroso de tropezarme con algún conocido que lo quisiera hojear. Si tal horror ocurría, en el colmo de la desesperación, en mi cuarto, me daba a revisarlo frenético, hoja por hoja, como un marido celoso, buscando con una lupa las huellas que le hubieran dejado. Pero hasta la misma huella del borrador que los limpiaba me atormentaba. Un resto de perdición seguiría girando en los electrones de los átomos del papel... Indefectiblemente, acababa por repudiarlos y tirarlos al bote de la basura, para tener que volver tarde que temprano a la librería, a comprarlos por segunda vez. ¿Y si un curioso infame los hubiera tocado antes de mí en los estantes del librero? ¿El librero mismo no les marcaba el precio? Por fortuna con lápiz, que se borraba fácil. Desesperado, con la lupa buscaba sus huellas en la página de la portada para borrarlas. Un día no resistí las carátulas borronéadas, y decidí empastarlos. Mi torpeza chabacana hubo de aprender entonces a encuadernar, pues ¿cómo iba a tolerar yo las infinitas huellas de un encuadernador? Los libros, pasión de mi vida, se me convirtieron en el drama de Otelo. El amor, excluyente, acaba por lo general así: en celos rabiosos. Un día no pude más. Saqué todos mis libros al patio, llamé a mis hermanos, les ensucié las manos de tierra, y en un supremo acto de decisión a sus ávidas manos sucias les entregué mis impolutos amantes para que los mancillaran.

Mi vida ha sido siempre una repetida historia: me la paso liberándome de mitos, de gentes y dolor; ahora me libero de ml mismo. Agotadas las obras completas de Verne y de Salgari con que empecé, los cuentos de Conan Doyle y de Poe, seguí en mi biblioteca Piloto con la novela rusa, con la francesa, con la americana, con los libros de viajes, con los libros de ciencia, con los libros de historia; con enciclopedias; con diccionarios, con directorios, con recetarios. Vidas de pícaros, vidas de santos, vidas de sabios, sermones, discursos, memorias, compendios, tratados... Proyectando en mis ansias devoradoras absorberme la biblioteca de Alejandría, la de París, la del Congreso, la Mazarina, la de Lenin, la Vaticana. Ante la perspectiva de sus infinitos libros se me saltaban las neuronas recalentadas de mi cabeza. Por mucho menos fueron a dar otros a esa Casa Grande que hay en las afueras de Medellín, por la carretera a Bello, que hace un siglo inauguraron, cuando no había electrochoques, en tiempos de la camisa de fuerza, con Epifanio Mejía, el poeta de la raza. Nos prestaban en Ia Biblioteca Piloto tres libros, para llevárnoslos por quince días a casa. De tres en tres, a la vuelta de pocos años se quedó sin uno. Y como usted comprenderá, una biblioteca sin libros no es biblioteca: es una pared en cueros, un cascarón sin alma. Así la dejó mi lectora tierra agradecida. Al fin de cuentas robar libros no es robar. ¿No ven que son cultura? Es como robarse un cuadro, o un piano, o un camión para cargarlos. La organización internacional caritativa no fue más allá de su antioqueño experimento piloto.

 
Vestidos los muñequitos con sus colores relucientes, armados de kris malayos, de sables y cimitarras, se trocaban en sanguinarios piratas: Sandokán, Yáñez, Tágalo, Girobatol, quienes sostenían en sus guaridas, por entre las cuevas de las piratas, sanguinarias refriegas con los ingleses. Había un problema de tramoya: que no bastaban seis manos para mover un batallón, pero se dirimía en combates singulares: uno contra uno, o uno contra dos. Aníbal manejaba un muñequito, Darlo otro, otro yo. El resto, veinte, treinta, cien soldados ingleses y piratas mal encarados contemplaban desde los distintos niveles de las piedras el combate mortal. Una culebra escurridiza., copropietaria del túmulo, se asomaba molesta a ver qué era el escándalo. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! sonaban tiros de cañones y mosquetes, y brillaban al sol los sables y las cimitarras.
 

Sandokán, el Tigre de Malasia. Película completa
 
Mi vida, en un inventario general, aparece como un inmenso error. Y se explica: mi íntima verdad, mi verdadera vocación, lo que quise ser fue pirata. ¡pero de dónde sacar la cimitarra! ¡De dónde sacar la goleta! ¡De dónde el gobernador inglés de Palauán, de cuya hija me enamoré! Mi instinto aventurero se negaba a llevar la vida barrigona del común mortal. Hay una novela de Salgari, doctor, que aún me duele en el alma: “El Rey del Mar", en que Sandokán se despide de su destino. El autor, compasivo, lo hizo retirarse a tiempo para no ponerlo a hacer ridiculeces como don Quijote, en unos mares contaminados con submarinos nucleares. Sepan que el Rey del Mar soy yo, que tengo perturbado el corazón
 

 











Bibliografía de Fernando Vallejo

Este video nos muestra gran parte de su bibliografía con excepción de su último libro "El cuervo blanco". El fondo musical es una canción de Pedro Infante "Senderito de amor". Canción que identifica a Fernando Vallejo con su pasado, con su infancia y la felicidad que disfrutó durante esa época y que ya no le pertenece.


Fernando Vallejo y Héctor Abad